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Enigmística
por Màrius Serra
Relacionamos los enigmas con aquella ingenua desazón infantil que nos impele a hacer descubrimientos cada vez més profundos hasta conseguir llegar a la preciada verdad. Pero la verdad es una magnitud frágil y huidiza. Lo cierto es que los enigmas personifican una paradoja monumental: una parte de la humanidad se empecina en descubrir lo que otra parte ha convertido en oculto. Y de este modo nace la enigmística, el noble arte de jugar con las palabras y las imágenes. De hecho, la enigmística está presente de un modo implícito en todos los actos de nuestra vida porque la civilización que compartimos es un enigma enorme en proceso de desciframiento constante desde perspectivas históricas, astronómicas, antropológicas, arqueológicas, psicológicas... Pero los enigmas especialmente creados por los enigmógrafos son mucho más divertidos, incluso cuando han sido pergeñados con finalidades poco lúdicas, com en el caso de la Cábala. La terminología italiana sistematiza la mayor parte de estos enigmas bajo dos epígrafes: la enigmografía poética o literaria (que contiene, junto a los enigmas clásicos, logogrifos, charadas, adivinanzas, anagramas, acrósticos, palíndromos, lipogramas, pangramas, crucigramas...) y la enigmografía gràfica o figurada (que contiene básicamente los jeroglíficos pero también todas las variedades de criptogramas e imágenes manipuladas). Naturalmente, los mecanismos de la enigmística han fascinado a grandes escritores de todos los tiempos y están en la base de monumentales creaciones literarias en todas las lenguas. Desde el lenguaje carnavalesco de Rabelais a los artefactos barrocos del Siglo de Oro español, pasando por el deán Swift (autor de un tratado sobre juegos de palabras publicado bajo el pseudónimo Pun-Sibi) o el reverendo Lewis Carroll. En nuestro siglo, a los genios anglófonos de Joyce y Beckett cabría añadir a Borges y Cortázar, el Cabrera Infante de Tres tristes tigres, los italianos Gadda y Calvino, o los franceses Perec y Queneau de la Bibliothèque Oulipienne. La presente sección de enigmística elaborada especialmente para "El Acertijo" está planteada como el muestrario de un viajante de comercio, no exento de una cierta charlatanería, que ofrece todo tipo de productos para uso y disfrute de lengudos, lenguados, lenguaraces y deslenguados.
Anagramas
Un anagrama es una palabra o frase formada por la transposición de las letras de otra palabra o frase. Por ejemplo, el poeta surrealista André Breton rebautizó al pintor catalán Salvador Dalí con un anagrama en latín macarrónico que definía perfectamente la relación de Dalí con el dinero: Avida Dollars.
De origen antiquísimo, la paternidad del anagrama se atribuye al poeta alejandrino Licofronte (280 aC), de quien han transcendido dos ejemplos de anagramas aristocráticos. Combinando las letras del nombre del rey PTOLEMAIOS (Ptolomeo) Licofronte halló "APO MELITOS" (que proviene de la miel) y de la reina ARSINOE dedujo "ION ERAS" (violenta de Juno). Los buenos anagramistas siempre han sido onománticos. Buscan en los nombres mensajes secretos que ayuden a comprender las personalidades de sus portadores. Las combinaciones de letras no son nada ajenas a la teoría del lenguaje de la Cábala. El tercer método cabalístico -Themura- se basa precisamente en la combinatoria anagramática para buscar en las palabras los sentidos proféticos que teóricamente conllevan.
La magia de los anagramas se puede expresar de muchas maneras, pero uno de los casos más impresionantes que conozco es el protagonizado por un monje italiano a caballo de los siglos XVI y XVII. Combinando las letras de la clásica jaculatoria Ave Maria, gratia plena, dominus tecum el monje Pompeyo Salvio compuso y publicó en Génova (1605) una colección de 500 anagramas alusivos (comoVirgo serena, pia, munda et immaculata ) o, como mínimo, de carácter religioso. Logra el paciente cenobita recombinando hasta la saciedad las 31 letras de la jaculatoria hallar santos del calendario, fiestas eclesiásticas, atributos divinos... Los resultados dejarían sin aliento a cualquier programador informático. Páginas y páginas de loanzas virginales (Pura unica ego sum Mater alma Dei nata; Deipara inventa sum, ergo immaculata; Pia, munda, iusta, alme creatorem genui; Ego aurum nites immaculata Deipara...) . Tras los 100 primeros anagramas el autor inicia una segunda serie de 360 de esta guisa:Visne anagrammata? de puro multa ieci . Al final de estos 460 primeros reitera Vis centum anagrammata? edo puerilia. Y concluye, suponemos que absolutamente extenuado, con el anagrama número 500. Dac: vivat sempre Virgo alma nata. Amen. Amén, repetimos con él.
Otro caso bellísimo de la fuerza onomántica de los anagramas es la historia de un médico de Leipzig llamado Andrea Rudiger que puso su futuro en manos de la ciencia anagramática. Antes de cursar los estudios superiores de Medicina Rudiger se empecinó a anagramizar su nombre latinizado: Andreas Rudigierus. El joven estudiante inició una febril búsqueda entre las letras que componían su nombre y, finalmente, consiguió un resultado satisfactorio. El anagrama latino resultante era "Arare rus Dei dignus" (digno de arar el campo del Señor) y el joven crédulo dedujo que su vocación sería eclesiástica. Por tanto decidió estudiar teología. Pero un doctor que le tutelaba intentó convencer a Rudiger para que no abandonase los estudios de Medicina que había emprendido. Como el brillante joven se negaba argumentando que el anagrama de su nombre era una inspiración divina, el viejo doctor adoptó otra táctica. Tras meditar durante días, llamó a Andrea y le dijo que el anagrama de su nombre le impelía a la Medicina. Su argumentación fue impecable. ¿Cuál es el campo del Señor sino el cementerio? ¿Y quién trabaja este campo mejor que el médico? Rudiger no supo resistirse a la fuerza de este argumento y se dedicó a la Medicina.
El anagrama ha vivido usos sociales insospechados. Así, por ejemplo, en la Italia del rey Víctor Manuel II se dio una fantástica confrontación política por la vía del anagrama. A partir de las letras del nombre completo del monarca "Vittorio Emanuele Secondo" sus partidarios gritaban que "Roma ti vuole e Dio consente" (Roma te quiere y Dios consiente) y sus adversarios respondían que "né Dio né Roma te vuole costì" (ni Dios ni Roma no te quieren en este lugar). Claro que esto pasaba en la patria de la Enigmística, un país capaz de organizar a principios de siglo un concurso internacional de anagramas elegíacos para commemorar la muerte del genial Verdi. Un concurso ganado por el inglés Lodi, quien elaboró a partir de "Maestro Giuseppe Verdi" el anagrama latino "di vigor perpetua messe". Desde esta incipiente sección que hoy comienza en "El Acertijo" queremos emular a los organizadores de aquel histórico concurso.
La Propuesta
Para empezar vamos a pedir a los "acertijeros" que se transformen en anagramistas y que envíen anagramas en cualquier lengua:
1) De sus nombres y apellidos.
Damos ejemplo: Màrius Serra = Res us amarri (Nada os amarre, en catalán).
(Pueden intentar encontrar anagramas de otros acertijeros en la lista de subscriptores).
2) De personajes célebres.
3) De alguna frase que contenga "El Acertijo".
Lipogramas
Un lipograma es un texto marcado por la ausencia sistemática de una letra. Su grado de dificultad es directamente proporcional a la frecuencia de aparición de la letra ausente en el idioma del texto. Los lipogramas más apreciados son aquellos que prescinden de una vocal, especialmente de la A o de la E, como en los ejemplos de Alcalá, Jardiel Poncela o Wright que presentamos.
El lipograma más antiguo que se conoce es un poema de Laso de Hermione titulado Oda a los centauros. Este griego juguetón del siglo VI aC debió sentir una auténtica aversión por la letra sigma, puesto que la destierra de su oda. Parece ser que Laso repitió el artificio sigmafóbico en el Himno a Demeter,, pero lamentablemente sólo nos ha llegado el primer verso. Sin sigmas, claro. Ya en el siglo III de nuestra era, Néstor de Laranda se aplicó a la rescritura en griego de la homérica Iliada eliminando la letra alfa del primer canto, la beta del segundo... y así sucesivamente hasta acabar con las 25 letras del alfabeto griego y los correspondientes cantos de la epopeya homérica. También la Odisea ha sufrido los embates de los expoliadores de letras. El poeta griego Tripiodorus rescribió las aventuras de Ulises excluyendo de forma ordenada una letra distinta en cada una de las 24 secciones en que la dividió. En la actualidad, un lipogramista británico llamado Giles Brandreth se halla inmerso en la extravagante rescritura de las obras completas de Shakespeare. Brandreth ha concluido ya un Hamlet sin la letra I, un Othello sin la O y dos variantes de Macbeth (una sin la A i la otra sin la E). El famoso soliloquio de Hamlet, por ejemplo, queda así: «to be or not to be; that's the query».
En el ámbito hispano es notorio el caso de Varios effetos de amor en cinco novelas exemplares -Y nuevo artificio de escreuir prosas, y versos sin una de les cinco lettras vocales, excluyendo Vocal differente en cada Novela)- (Imprenta de Manuel da Sylva. Lisboa, 1641) del escritor portugués de origen castellano Alonso de Alcalá y Herrera (1599-1662). Sus cinco novelas ejemplares son ejercicios lipogramáticos perfectos: "Los dos soles de Toledo, sin la letra A", "La carroza con las damas, sin la letra E", "La perla de Portugal, sin la letra I", "La peregrina eremita, sin la letra O" y "La serrana de Sintra, sin la letra U". Evidentmente, la prosa de Alcalá es extravagante y sus piruetas para esquivar la vocal de turno son circenses, como se puede apreciar en este fragmento de "Los dos soles de Toledo, sin la A":
«Los perfectísimos y menudos dientes, entre el diviso y odorífero rubí (divino y precioso joyel) vistos, los juzgó hechos de lo mismo que en el cielo el sol y que, sentido Cupido de ver los de Venus y los suyos inferiores, se cubrió y vendó de vergonzoso los ojos por no verlos.»
También el ingenioso dramaturgo Enrique Jardiel Poncela practicó este tour de force lipogramático en cinco narraciones deliciosas publicadas entre 1926 y 1927 en el diario "La Voz". Las dos primeras, reeditadas a menudo en Ventanilla de cuentos corrientes , son las más conocidas y logradas: "Un marido sin vocación" (sin la e) y "El chófer nuevo" (sin la a). El siguiente fragmento es el inicio del hilarante texto sin la e:
«Un día -muchos lustros atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial. "¡Hay un matrimonio próximo, pollos!", advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al casino y toparon con los camaradas más íntimos. (...) Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.»
Volviendo al esforzado Alonso de Alcalá, hace una década el crítico catalán Antonio Fernández Ferrer le debió dar un disgusto de ultratumba, puesto que en una edición parcial de su obra en 1986 (Novelas amorosas de diversos ingenios del siglo XVII editadas por Evangelina Rodríguez Cuadros. Editorial Castalia. Madrid, 1986) descubrió el sabotaje más flagrante a la memoria del autor de "Los dos soles de Toledo, sin la letra A": en la página 224 de la nueva edición se lee "ánimo" donde el original rezaba "logro", de modo que el lipograma se va al garete. ¡Si el pobre Alonso levantase cabeza!
El mismo cargo de conciencia atormentó a otro lipogramista en vida. Se trata del francés Jacques Arago, autor de una novela increíble titulada Voyage Autour du Monde Sans la Lettre A publicada en 1853. En una posterior edición del libro, tres décadas después, Arago tuvo que admitir que una maldita A se había colado en la fiesta con toda la descortesía del mundo. El subconsciente de Arago le traicionó al escribir una palabra tan corriente en francés como serait.
Pero los dos logros lipogramáticos de ausencia más impresionantes son de nuestro siglo. El escritor francés Georges Perec fue coronado rey del lipograma gracias a una novela policiaca titulada La disparition (Denoël. París, 1967). Las primeras columnas de la crítica hablaban de una estrambótica novela de género en la que la desaparición de un cadáver desencadenaba un cúmulo de despropósitos. No se dieron cuenta de que la verdadera "desaparición" que se anunciaba en la portada de la novela no era la del cadáver. En sus más de trescientas páginas Perec hace todas las acrobacias gramaticales posibles para desterrar del texto la letra más frecuente de la lengua francesa: la E.
El otro gran hito es anglófono. El norteamericano Ernest Vincent Wright, un serio catedrático del Massachussetts Institute of Technology escribió una novela de 50.110 palabras (ya se sabe que los norteamericanos tienden a cuantificarlo todo) titulada Gadsby (50.000 word novel without the letter E). (Wetzel. Los Angeles, 1939). Ninguno de los vocablos que utilizó para escribir su obra contiene la E. La novela describe la lucha que sostiene John Gadsby para transformar el pueblecito de Branton Hills en una ciudad símbolo del progreso y de la prosperidad. Algo parecido a una peli de Clint Eastwood pero sin es. Dos detalles insignificantes podrían transformar la historia de este venerable catedrático californiano en una de las fascinantes narraciones de Borges. El primero es de tipo metodológico: Wright ató la tecla E de su máquina de escribir para evitar lapsus indeseados. El segundo detalle es más macabro: Ernest Vincent Wright murió el mismo día en que se presentaba su novela. De hecho, nunca llegó a tener un ejemplar impreso de Gadsby entre las manos.
Un último ejemplo de la estrafalaria casuística lipogramática nos lo brinda el poeta alemán del siglo XVIII Gottlob Burmann. Burmann sufría una fobia de descomunal magnitud contra la pobre letra R. Los manuales de curiosidades literarias cuentan que el alemán no sólo compuso 130 poemas sin la letra R, sino que además llegó a suprimir este vibrante fonema de su habla cotidiana durante más de tres lustros. Esta sorprendente actitud implica que el excéntrico poeta alemán debió pasarse casi dos décadas sin pronunciar su propio apellido.
La Propuesta
Esta vez sólo pedimos a los amables lectores de EL ACERTIJO que descubran qué emblemática consonante no aparece ni una sola vez en este artículo.
Monovocálicos
Los textos monovocálicos se caracterizan por el uso sistemático de una sola vocal. También llamados lipogramas de presencia, los monovocálicos son textos de factura compleja que provocan un rictus característico en el rostro de quien los lee en voz alta.
Prueben por ejemplo, con el magnífico repóquer de temas que el arquitecto argentino Ernesto Acher compuso para «Les Luthiers» y lo comprobarán: "Papa Garland Had a Hat and a Jazz-band and a Mat and a Black Fat Cat" (Rag); "Pepper Clemens Sent the Messenger; nevertheless the Reverend Left the Herd" (Ten Step); "Miss Lilly Higgins Sings Shimmy in Mississipi's Spring" (Shimmy); "Doctor Bob Gordon Shops Hot Dogs from Boston" (Foxtrot); "Truthful Lulu Pulls Thru Zulus" (Blus).
Los textos monovocálicos son la torna de los lipogramas que presidían nuestra última colaboración para EL ACERTIJO. Su perfecto negativo fotográfico. A diferencia de aquellos, la obviedad que se desprende del uso sistemático de una sola vocal les hace perder el encanto de pasar desapercibidos en una primera lectura. Ya hablamos del escritor francés de origen hebreo Georges Perec, autor entre otras de la monumental La vida, instrucciones de uso (traducción en español de Josep Escué para Editorial Anagrama. Barcelona, 1988). Si Perec consiguió desconcertar a parte de la crítica con su excelente novela La disparition (Denoël. París, 1967) -en la que la desaparición más transcendente era la de la letra e-, cinco años más tarde la publicación de un relato monovocálico de Perec titulado Les Revenentes (Julliard. París, 1972) no provocó la más mínima duda. En Les Revenentes Perec recupera la e perdida en La disparition y la repite hasta la saciedad durante 138 largas páginas que desembocan en un adecuadísimo THE END. Así empieza:
«Telles des chèvres en détresse, sept Mercédès-Benz vertes, les fenêtres crêpées de reps grège, descendent lentement West End Street et prennent sénestrement Temple Street vers les vertes venelles semées de hêtres et de frênes près desqelles se dresse, svelte et empesé en même temps, l'Evêché d'Exeter. Près de l'entreée des thermes, des gens s'empressent. Qels secrets recèlent ces fenêtres scellées?.»
En este primer párrafo de la obra ya se aprecían algunas de las licencias que Perec se permite, especialmente en el uso de la Q. Les revenentes es un brillante ejercicio de estilo que contiene el único episodio abiertamente erótico de toda la narrativa de Perec (el férreo guión parecía exigir un poco de sexe), pero no es tan ameno como La disparition. Además, Perec se ve obligado a transigir a menudo y acepta algunas incorrecciones gramaticales para salvar las draconianas reglas del juego.
Pocos años después de su fallecimiento, en uno de los innumerables estudios monográficos publicados en homenaje al brujo del Oulipo (Mélanges, Cahiers Georges Perec 4 Éditions du limon. Valènce, 1990) el escritor francés Jacques Jouet publicó un texto de tres páginas que establece un curioso heptálogo con las siete reglas de Perec. «Les sept règles de Perec» imita el monovocalismo de Les revenentes. Jouet también utiliza sólo la letra E. Las siete reglas propuestas són: «Règle de réserve; Règle d'émergence réflexe (règle d'engendrement); Règle de flemme (Règle de Thélème); Règle de prélèvement; Règle d'enfermement; Règle de présence éphémère; Règle de dérèglement».
Un segundo ejemplo literario de este rarísimo mecanismo enigmístico me cayó entre las manos en una librería anticuaria de la ciudad neerlandesa de Utrecht. Se trata de un librito holandés que contiene un capítulo del ambicioso proyecto de cinco historias monovocálicas que el escritor neerlandés H. J. Witkam empezó a componer durante los años cuarenta. Los títulos de los cinco relatos eran a-Saga, e-Legende, i-Film, o-Sprook yu-Prul. El tercero salió publicado en una revista universitaria del "Leidse Studenten Corps" llamada "Virtus" y posteriormente apareció en el volumen Leidse Letters (1955). La historia personal de H.J. Witkam tiene un final trágico, porque el lipogramista neerlandés acabó con su vida en 1982 lanzándose al mar. Es su hija Paula Witkam quien nos lo explica en un breve epílogo a i-Film, que parece ser el más conseguido de los textos monovocálicos de su padre. La edición con la que topé en Utrecht es de bibliófilo (Cristal-Montana Pers. La Haya, 1983) y H.J. Witkam firma con el pseudónimo normativo de Witcrist. El relato tiene cinco páginas y sus personajes se llaman Dick, Bings, Philips, Wilkins y Brit. Empieza así:
«Ik zit in glimmig licht; frisch vind ik 't. Nicht Willink, spichtig, Indisch git, dringt driftig, twist vinnig, zit. 't Licht dimt schimig -'t is stil. Film! Miss Will Wilkins, pril twintig, swingt licht, zingt hitsig: "Living with miss Will, swinging hips, lifting slips, kissing lips, 's giving killing thrill".»
En el séptimo volumen de la discografía de los geniales «Les Luthiers» (que los catalanes tuvimos el gusto de poder adquirir en 1983 editado por la discográfica barcelonesa Ariola) Ernesto Acher comenta su primera composición monovocálica "Papa Garland Had a Hat and a Jazz-band and a Mat and a Black Fat Cat" (Rag) con un comentario ad hoc que comparte la filosofía del tema y lo adorna con un genial exabrupto final:
"Acá va la aclamada banda grabada para agasajar al jazz. Banda para pasarla hasta gastar la placa, hará cantar, danzar, saltar, hasta a las almas más apagadas. Va a atrapar a las masas, hará ganar plata a carradas, alcanzará la fama, agradará mucho."
La Propuesta
Si bien escribir una novela monovocálica es una tarea ciclópea, la elaboración de frases monovocálicas está al alcance de cualquier lipogramista paciente. Proponemos a los lectores d'EL ACERTIJO que definan un problema de lógica con las premisas monovocálicas. Por ejemplo, podría comenzar así:
1. Ana va a Samarcanda a trabajar para Samanta.
Cronogramas
Los locutores odian tener que radiar cifras en números romanos y "Les Luthiers" nos regocijan leyéndolos como si de letras se tratasen, pero poca gente sabe que con los valores numéricos que los romanos otorgaban a las letras MDCXVI (1666) se componen frases artificiosas llamadas cronogramas que a menudo ocultan una fecha relacionada con la inscripción que las contiene.
Esta vez no podemos remontarnos a ningún autor de la antigüedad clásica para datar los primeros cronogramas, a pesar de que éstos basan su entera existencia en las relaciones que establecieron los antiguos romanos entre ocho letras y seis cifras: C (100), D (500), I-J (1), L (50), M (1000), V-U (5) y X (10). Los cronogramas aparecen en la Edad Media tanto en hebreo (desde 1208), como en latín (1210) y en árabe (1380). Un estudioso inglés de la materia, sir James Hilton, asegura que el escritor alemán Joseph à Pinu popularizó el artificio en el siglo XVI con diversas publicaciones monográficas sobre el tema. El propio Hilton, que al parecer no tiene nada que ver con los lujosos hoteles, coleccionó más de 38.411 cronogramas y los publicó en tres libros entre 1882 y 1895.
Los cronogramas puros son muy poco corrientes, puesto que sólo admiten las ocho letras reseñadas. Quizá el más notable sea una inscripción en una medalla conmemorativa de la batalla de Tasniers, en Flandes, donde el Duque de Marlborough derrotó a las huestes francesas al principio del siglo XVIII. En la medalla, conservada hoy en el British Museum londinense, se puede leer una sola palabra: LILICIDIVM. Esta alusión a los lirios que lucían en sus escudos de armas los vencidos es un cronograma perfecto que, para acabar de rizar el rizo, suma exactamente la fecha en la que sucedió la citada batalla: 1709. Para establecer el valor numérico de un cronograma basta con sumar el valor facial de las cifras romanas que lo componen, prescindiendo del orden en el que aparecen.
Otro de los pocos cronogramas perfectos que se conocen se halla al final de un libro de epigramas. Parece ser que la época de mayor esplendor de los cronogramas fue durante los siglos XVI y XVII. Los impresores alemanes, holandeses y belgas abusaron de este artificio hasta el punto que casi todos los imprimaturs que cerraban las páginas de un libro contenían alguno para establecer la fecha de edición de un modo ingenioso. Concretamente, en los Epigrammata de Bernard Bauhuis, publicados en Amberes en 1616, tres años después de ser escritos, la edición concluye con unos versos que contienen un cronograma perfecto:
Scripsimus anno haec
Quo cuncis licuit scribere JVDICIVM.
Este cronograma perfecto oculta la fecha de escritura del libro (1613).
Ciertas bellas muestras de cronograma pueden amenizar un tour turístico para enigmistas por el centro de París. Algunas de las preciosas mansiones (hôtel) que decoran la zona parisina comprendida entre la Chambre des Comptes y el Parlement cuentan con inscripciones alusivas al año de construcción. Así, por ejemplo, en una de ellas se halla una preciosa inscripción con las letras numerales de oro y el resto de lapislázuli:
aV teMps dV roI CharLes Le hVIt
CestVUI hosteL sI fVt ConstrVIt.
Dejando de lado la triquiñuela de esconder una d en minúscula y lapislázuli para que salgan las cuentas, la suma de las letras mayúsculas (de oro en la inscripción) da el año exacto de la construcción. Así, 5 + 1000 + 5 + 1 + 100 + 50 + 50 + 5 + 1 + 100 + 5 + 1 + 50 + 1 + 5 + 100 + 5 + 1 = 1485.
También en Inglaterra podemos hallar buenos ejemplos de cronograma. En la inscripción de la vieja campana que preside la iglesia de Clifton-on-Teme se puede leer: "henrICVs Ieffrey keneLMo DeVoVIt", en conmemoración del año en el que fue elaborada (1668). Robert Tisdale, en su Pax Vobis de 1623, incluye algunos cronogramas en inglés, como por ejemplo una frase conmemorativa de la fiesta del veintiún aniversario en el trono del rey Jaime: "IaMes by the graCe of goD, Is a king, noVV neVer Vnhappy". La frase proclama la felicidad del monarca y la suma de sus dígitos romanos (MDCVVVIII) corresponde exactamente al año de la conmemoración: 1623. La torre de la iglesia de San Edmundo en Salisbury fou reconstruída en 1653. Una inscripción cronogramática todavía hoy da su fiel testimonio: "praIse hIM o yee ChILDren".
Pierre Larousse, en su famosa enciclopedia, afirma que al principio del siglo XVIII sólo los turcos y los persas todavía componían cronogramas. También cita uno de los últimos poemas cronogramáticos conocidos en lengua latina, elaborado por un médico alemán a finales del XVII. El poema, ejemplo de la entrañable simplicidad de espíritu que caracteriza a los amantes de la enigmística, se titulaba: "Memoria pacis, centum hexametris quorum singuli annum ilius restauratae 1679, per litteras numerals computant".
Como en otros muchos juegos de palabras de género diverso, los cronogramas generaron una auténtica locura entre ciertos círculos de adictos. Un ministro luterano de Wirtemberg llamado Michael Stifelius profetizó el fin del mundo para las diez de la mañana del 3 de octubre de 1533 basándose en la información que extrajo mediante el cómputo cronogramático de un fragmento del Apocalipsis. Evidentemente, erró en el cálculo. Por su parte, los jesuitas se aficionaron a la creación de nuevos cronogramas o a la reescritura cronogramática de textos de Virgilio, Horacio, Ovidio e incluso de la Biblia. Uno de ellos "tradujo" cronogramáticamente la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis. Cada línea de su versión era un cronograma de valor 1658 (la fecha de la publicación de la famosa obrita de Kempis). Finalmente, un párroco austriaco llamado Mauritius Nagengast publicó en Salzburgo una loa de la Virgen María compuesta por 2727 cronogramas que reproducían la fecha de publicación de su enorme esfuerzo literario: 1663. Este humilde párroco, tal vez en un súbito ataque de lucidez tras el brutal ejercicio de estilo que había llevado a cabo, decidió firmar sus loas marianas con pseudónimo. Y el esforzado Nagengast no escogió otro que "Alter Idiota".
Sin comentarios.
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